miércoles, diciembre 11, 2013

Algunos placeres y pesadumbres del método "cinetífico"


La lista de científicos que el cine ha dado en brindarnos es extensa: pirados, malévolos, criminales, ingenuos, desequilibrados, sabios, torpes, obsesos,... Desde ratas de laboratorio que consumen sus horas entre bisturíes, pócimas o circuitos (Walter White incluido, alias Heisenberg, en ese derroche de imaginación y talento narrativo que es Breaking bad), algunas de ellas luego reconvertidas a superhéroes, hasta asesores de estado o espías portadores de una valiosa fórmula secreta, todos caminan (salvo Strangelove) con el peso a cuestas de sus excentricidades. Lo admitió −y lo edulcoró después con un latinajo de color optimista− el actor Rip Torn en el filme de Nicolas Roeg El hombre que cayó a la Tierra:

Soy el típico cliché: un científico desilusionado. Como el escritor cínico, el actor alcohólico y el astronauta ido. Un hombre como usted no comprendería a un tipo como yo [...] De todas formas, per ardua ad astra […] Es latín [...] A pesar de las dificultades, hasta las estrellas.

No miente (más bien diría entibia la realidad) el ingeniero. Y, salvo honrosas (y escasas) excepciones, esta es la visión que el cine comercial acostumbra ofrecer de la personalidad, la actitud, la ética y la estética del científico. En estas líneas me ocuparé de traer a la luz algunas referencias cinetíficas en un contexto meramente tangencial o testimonial, ajeno en principio a cualquier trama o argumento que pudiera guardar alguna relación directa con la actividad científica, cuando es únicamente el chascarrillo, el sarcasmo, la barbarie o la metáfora lo que impera (mucha más información a este respecto puede encontrarse en La cuadratura del celuloide). Una buena prueba de ello la encontramos, por ejemplo, en el siguiente fragmento de uno de los desopilantes diálogos que pueblan el “tragicómico” (en el sentido más griego del término) recorrido de la Poderosa Afrodita de Woody Allen (1995) por las calles de Nueva York:


−El hermano de mi padre dicen que era un genio. Yo no lo conocí, pero decían que era listísimo.
¿En serio? ¿A qué se dedicaba?
−Era un psicópata violador. Se pasó la vida en la cárcel, pero si hubiera estado cuerdo habría sido muy bueno en matemáticas.

Lástima, porque “uncle Rapist” apuntaba maneras. Ciertamente.

Pocas veces la ciencia, exacta o no, ha tenido que enfrentarse en la pantalla con una pregunta tan directa y una contestación tan impostada como en el caso de Asesinato en la terraza (Penthouse, W. S. Van Dyke, 1933); más concretamente cuando, apenas comenzado el filme, el gánster Toni Gazotti (Nat Pendleton) interroga de esta guisa al abogado Jack Durant (Warner Baxter), que recién acaba de redimirlo de las acechantes sombras del presidio: Mis chicos han pasado su vida por una criba. Sé qué nota obtuvo en álgebra en Saint John. Dígame... ¿qué es el álgebra? Así de expeditivo el maleante. Sin previo aviso, ni más preámbulos, ni motivos, ni anestesia. Como un balazo a bocajarro del calibre 44. Todo para acabar recibiendo por única respuesta −lejos del sonrisueño see you later, Tony que zanja la cuestión en la versión original, haciendo caso omiso de los requerimientos de su interlocutor al escamotear hábilmente la cuestión−, la siguiente moraleja: Una tontería, Tony. La sublevación consciente de la traducción, los desmanes del doblaje. ¿Qué si no?

Incluso los tortuosos senderos de la dipsomanía han venido a dar, de entre todos los delirios posibles, con aquellos que convierten la matemática en poesía (y viceversa), tal era el universo del polifacético matemático (y también poeta) del Mundo Antiguo Omar Khayyam. La protagonista es ahora Shirley MacLaine, esplendorosa en su prístina embriaguez, a un tris de sucumbir −como tantas mujeres antes y tantas después de ella− a los encantos varoniles de Dean Martin, al hilo esta vez de un sugerente baile doméstico regado con abundante champán. La prueba de lo que digo puede encontrarse en la desenfadada comedia Todo en una noche (Joseph Anthony, 1961):

Un trozo de pan, un jarro de vino, y tú y yo juntos sonriendo al destino”. ¿A que no sabe que es uno de los poemas más bellos que escribió su tío? ¿O no fue su tío? No, fue Khayyam. Omar Khayyam. Nacido en el 57 y muerto en 1906... No, me parece que eso fue el incendio de Chicago... No lo sé. Como no estoy de servicio...

Relacionado asimismo con los excesos en la bebida transita, bien que en este caso desde una perspectiva bastante más dramática, Freddie Quell, el personaje interpretado por Joaquin Phoenix en The Master (Paul Thomas Anderson, 2012), un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial devastado por las secuelas irreversibles de la contienda, por sus dificultades para reingresar exitosamente en la sociedad civil, por sus deficiencias de comunicación y por el exceso en la ingesta de alcohol; un veterano de la marina inadaptado y obsesionado con el sexo que no duda en afirmar, frente al poderoso Lancaster Dodd, el Gran Maestro de la Causa (soberbio Philip Seymour Foffman en el rol del carismático líder), tener mentalidad científica. Dodd −escritor, filósofo, médico y físico nuclear de entre las ocupaciones que él mismo se atribuye− se engalla de fundamentar los postulados de su doctrina en discutibles argumentos científicos, como el malparado John More (Christopher Evan Welch) se empeña en evidenciar públicamente durante el transcurso de una fiesta de la alta sociedad: ciencia vacua, psicologismo de bolsillo, conocimiento desprovisto de pedigrí; ramalazos de pseudociencia que, desde la premisa de que múltiples vidas nos aguardan después de las ya vividas, apuntan a hacer desvanecer los traumas del pasado de sus prosélitos mediante la invocación de dudosas técnicas relacionadas con la sugestión y el hipnotismo. Sin embargo, la cosa no acabó de marchar bien con Freddie... Como resumen, una frase extraída de los propios diálogos del filme: Por definición, la propia ciencia admite las diferencias de opinión; si no, estarás abocado a la voluntad de un solo hombre, es decir, a la base del culto. Apenas tres años antes ya habíamos aprendido de Willem Dafoe, el terapeuta de Anticristo (Lars von Trier, 2009) −¿o era propiamente von Trier el terapeuta?− que las obsesiones nunca se materializan: es un hecho científico […] Es como la hipnosis: no pueden hipnotizarte para hacer cosas que normalmente no harías, cosas que van contra tu naturaleza. ¿Me comprendes? Pues la verdad es que no del todo, estimado doctor Dafoe. ¿O acaso hay quien pueda presumir de comprender, siquiera mínimamente, el intrincado enredijo de conexiones que soporta la mente humana?

No es muy ajena esta idea, en el fondo, al origen de las vicisitudes espaciotemporales experimentadas por Jennie (William Dieterle, 1948) −radiante Jennifer Jones, fantasmática y tangible a un tiempo, tan cercana como inabarcable, niña y mujer a caballo entre dos mundos, de carne y hueso o alma de lienzo, en color y en blanco y negro, musa espiritual de la persona e inspiradora del artista: Joseph Cotten−. El filme arranca desde las alturas, registrando un cielo convulso y una afianzada voz en off que cita a Eurípides y a Johnn Keats, alertándonos de que pudiésemos estar confundiendo vida y muerte, pasado y futuro, equivocando la inexorable ruta del tiempo. Luego de ello, prolongando la obertura celestial hasta conectar el discurso metafísico-romántico-poético-trascendental con el ramal de la ciencia, continúa pontificando así la voz, desde algún punto interior al polígono delimitado por Borges, el mito nietzscheano del eterno retorno, Einstein y el eternalismo:

[…] los científicos afirman que nada muere, sino solo cambia; que el mismo tiempo no pasa, sino gira a nuestro alrededor; que el pasado y el futuro están juntos, a nuestro lado, por siempre.


Esta entrada participa en la VIII Edición del Carnaval de Humanidades, cuyo blog anfitrión es ::ZTFNews

  



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